En esa búsqueda de hinchas del fútbol a distancia, tuve la
oportunidad de compartir impresiones con Alejandra Ramírez, bogotana de 27 años.
Es abogada, egresada de la Pontificia Universidad Javeriana en el año 2009.
Conozco a Alejandra desde hace varios años, y nunca había
visto interés alguno por el fútbol, ni en ella, ni en ninguno de los miembros
de su familia. Alejandra vive rodeada de abogados; sus dos padres, su hermano
mayor y ella. Además, su hermana pequeña cursa actualmente tercer semestre de
derecho. Mi cercanía con ella está determinada por lazos familiares, y es por
eso que puedo decir que nunca nadie estuvo interesado en el fútbol (ni por
practicarlo ni por seguirlo) en su entorno más cercano. Más allá de algún
comentario de su padre en favor de Santa Fe, aunque no tuviera idea de la
goleada recibida por el equipo de sus amores en los días anteriores, nadie
habló jamás de fútbol en esa casa. La última conversación al respecto que tuve
con su hermano transcurrió alrededor de tres años atrás; intenté explicarle
durante algunos minutos qué era la UEFA Champions League y por qué se hablaba
tanto de esta competición, pero Emilio simplemente no tenía ningún interés, así
que desistimos.
Fue por ese conocimiento previo que me sorprendió mucho
cuando, viendo el partido de Italia contra Inglaterra de la pasada Eurocopa,
Alejandra se sentó a mi lado y comenzó a gritar arengas furibundas. Sus
comentarios no tenían filtro, desde elogios a la belleza y caballerosidad de
los ingleses, hasta la efectividad y destreza impresionante de su juego
(destreza de la que poco se veía en el televisor), sin olvidar que los
italianos eran feos, narizones y, sobretodo, sucios. Así eran, así son, no se bañan, yo qué culpa. El partido terminó
empatado y vinieron los penales, Alejandra parecía necesitar un médico, iba a
infartarse, yo intentaba no desviar mi atención del televisor, pero no podía
dejar de impresionarme con la infinita pasión surgida de no sé dónde ni cuándo.
Cuando Andrea Pirlo (ese italiano sucio, desagradable y narizón) se paró frente
al balón y le dio una sutil patadita que engañó al arquero Hart y se metió en
el arco, Alejandra hizo silencio absoluto. Ni siquiera ella, que no parecía
comprender mucho del juego, podía obviar lo que estaba sucediendo, ese tipo era
un monstruo. Italiano, sí; feo, sí; narizón, sí; hasta sucio, quién sabe; pero
era un monstruo. Al final ganaron los italianos, y Alejandra balbució algo sobre
el árbitro y los ingleses, pobrecitos, durante
un par de minutos. Después, era asunto olvidado, fue a tomar un té con su mamá
y, por supuesto, no hablaron de fútbol.
Tengo que confesar que tuve rabia durante el partido, no
tanto por mi simpatía con el equipo italiano, sino por mi amor por el fútbol.
No era admisible para mí que Alejandra Ramírez hablara con tanta propiedad y
desatino de temas que, yo sabía, no conocía y no le importaban realmente. Pero
al final, más allá de mi arrogancia, decidí entender este episodio como una de
las cosas magníficas de este deporte, que puede emocionar a cualquiera, sin
importar las circunstancias o los motivos. Al hablar con Lorenzo de su
investigación, fue inevitable para mí pensar en Alejandra, en su “ser hincha”,
en el contraste de su manera de vivir el fútbol con la mía. Por este motivo
decidí preguntarle acerca del Barcelona, imaginándome de antemano las diferentes
posibilidades. No habría soportado otros noventa minutos de fútbol a su lado,
así que la invité a tomar un café y, sin contarle nada sobre mis intenciones,
introduje el tema.
La mirada de Alejandra cambió, y nuevamente se convirtió en
esa extraña Alejandra que había visto hace unos meses. Había dado en el clavo,
mis sospechas eran ciertas, Alejandra era la fanática número uno, UNO, del F.C.
Barcelona. Le pregunté desde cuándo era hincha del Barcelona, y respondió que desde
que Messi había llegado. Comentamos sobre algunos partidos, algunos jugadores,
y el estilo de juego del Barca. Me sorprendió saber que Alejandra no conocía
sólo a Messi, sino que además admiraba a Alves, Busquets, Fàbregas, Villa y
Puyol. Además estaba supremamente bien enterada del romance que tenía Shakira
con Gerard Piqué, e incluso me dio la primicia de que iban a tener un hijo
próximamente, declarando abiertamente sus celos hacia la cantante barranquillera.
Yo expresé mis celos hacia el defensor culé que, no contento con pertenecer a
semejante equipo, ganar millones y millones de euros, ser campeón del mundo y
de Europa, tiene cada noche la obligación de desahogar sus numerosos problemas bajo
las bien conocidas caderas de Shakira.
Al ver lo enterada que estaba, decidí profundizar un poco
más y preguntarle por algunos de mis ídolos barcelonistas. En esta oportunidad
no tuve tanta suerte, Alejandra no había oído nombrar nunca a Kluivert,
Overmars, Rivaldo, Frank de Boer y algunos otros, a pesar de que tiene siete años más que yo.
Terminó el café, terminó la conversación. Alejandra es una
muestra de la efectividad del mercado, en este caso futbolístico. Es increíble
cómo puede generarse un sentimiento que va más allá del interés o del gusto.
Para mí, las pasiones fueron siempre innatas, pero viendo este tipo de
fenómenos día a día a mi alrededor, está claro que debo reconsiderar esa
posición.





